miércoles, 2 de marzo de 2011

Nada del otro mundo


Cuando era chica nunca me quedaba sola, en mi casa vivíamos sólo cuatro personas: mi mamá, mis abuelos Mónica y Pancho y yo, la chupete de fierro. Mi mamá trabaja desde que tengo memoria haciendo turnos, mi tata ya jubilado no pudo dejar de trabajar, es adicto a las "peguitas", y mi abuela es la nunca bien ponderada dueña de casa que hacía esos almuerzos por los que mataría por comer, digo que los hacía porque ahora vive en Coquimbo hace más de dos años con mi tata, pero cuando estaban aquí siempre había alguien en la casa y yo no sabía cómo era quedarse solo en la casa y poner la música fuerte, hacer el aseo así como que "por aquí pasó" y llamar por teléfono a Juanita, Pepita y alguna que otra línea de horóscopos mentirosos. Ahora mi mamá sigue haciendo turnos pero mis tatas ya no están en la Metropolitana y yo soy una de tantas universitarias que se fue a estudiar a Valparaíso y ya ni pasa en la casa. Cuando llego los fines de semana el refrigerador está vacío porque mi mamá almuerza en la fábrica y mi tío también... olvidé que ahora vivo con mi tío pero es que es fácil olvidarse de él porque es de esos tipos que se casó joven y también se separó joven entonces es como un lolo de 40 y tantos que vivie de la casa al trabajo y del trabajo al carrete y con suerte he almorzado un domingo con él, es así como un visitante más que un residente. Bueno, iba en que nunca hay una cazuela o queques en el horno, ahora llego y están todos trabajando y me tengo que hacer la idea de irme al carrito de la esquina a comprarme un chacarero o un as gigante. Escuchando la Uno se me pasa la tarde buscando algo que hacer, hasta que llega la noche del viernes o sábado y empieza a llamar la Tiare preguntando qué se teje porque siempre he sido como una especie de planificadora de eventos, lo que es un poco culpa mía también. Varias veces termino de anfitriona, lo que me carga, porque no soporto haber encerado la mañana anterior y después limpiar el ron seco y pegajoso del suelo ni tampoco respirar todo el domingo nicotina y alquitrán. Los domingos mi mamá me manda a la feria a comprar frutita que se pudre los miércoles en la frutera y algún producto de limpieza del hogar para quitar el olor que deja la Mora de vez en cuando... ¡La Mora! mi quiltra que rescaté de un ejército de garrapatas asesinas y que le ha hecho compañía a mi mamá desde que mis tatas no están. El Ariel, mi pololo y mejor amigo, dice que tratamos a la Mora como una hija, y yo le digo que aún no me trae ni un veinte para comprarle pañales y el se ríe haciéndole cosquillas en la panza. Y bueno así más o menos pasan los días en el 2829 de Varinia, nada muy especial, nada muy irreal, nada del otro mundo.